Por Mons. Julio Terán Dutari, Obispo de Ibarra
Muchas y autorizadas voces del país y del mundo aclaman con justicia la figura polifacética de Leonidas Proaño en este centenario de su nacimiento. Hoy hemos conocido que, como cumbre de muchas manifestaciones de honor en nuestra patria, la Asamblea Nacional, además de exaltar su nombre y su ejemplo, declara que su día natalicio del 29 de enero será en adelante un día de obligada conmemoración para los planteles educativos. Y ¿qué lugar tiene entonces el acto presente, modesto en su expresión, pero cargado de vibrantes valores cívicos y religiosos? Este es el homenaje oficial que le ofrece su propia tierra de Imbabura, a través de los personeros civiles y eclesiásticos que quiere destacar lo autóctono suyo. Porque él, desde su origen en San Antonio de Ibarra, desde su raigambre cultural mestiza, desde su corazón fiel de sacerdote de esta diócesis, es una auténtica gloria de su patria imbabureña y de su Iglesia local. Son, por eso, el Municipio de Ibarra y la diócesis de Ibarra quienes en forma conjunta han invitado a esta celebración.
Por mi parte, como Obispo de esta Diócesis, siento el deber de destacar, entre todos los méritos de Monseñor Proaño, su enorme valía de Pastor de la Iglesia, controvertida tal vez en otros tiempos, reconocida ahora por propios y extraños. Y para hacerlo, comienzo por citar una significativa declaración del Cardenal Pablo Muñoz Vega, que fue su ilustre contemporáneo y también su vecino cercano en cuanto a la patria chica y a la extracción social: “Estamos – decía el Cardenal en un libro de homenaje – ante la figura de un Obispo ecuatoriano y latinoamericano de indudable influencia dentro y fuera del ambiente eclesial.” Y añadía que estamos sobre todo ante un Obispo cuya figura de Pastor y Testigo de Cristo ha pasado por el crisol que purifica y ennoblece. Y el oro puro y noble salido de ese crisol del servicio pastoral – ponderaba Muñoz Vega – es su amor a la clase indígena campesina de nuestro país: “Le confió la Santa Sede el gobierno de la Diócesis [de Riobamba] en la que más hiriente y dolorosa se presenta la situación de depresión social, cultural y religiosa de los indígenas.” Y valorando la tarea pastoral cumplida concluía: “Monseñor Leonidas Proaño ha hecho una entrega de sí mismo a esta causa de redención social tan total, tan valiente y tan abnegada, que merece la más sincera y leal admiración de parte nuestra”.
Como joven teólogo pude aportar yo también para aquel libro de homenaje a Monseñor Proaño; lo conocía por repetidos encuentros, tanto en la casa de Santa Cruz en Riobamba, como en otros círculos con amigos y profesores preocupados por la consigna que entonces resonaba, la de la liberación. Sé que en todo momento las posiciones de Mons. Proaño nacían de una auténtica espiritualidad bebida en el Evangelio, nutrida en la Eucaristía y orientada hacia las grandes opciones que trajo el Concilio Vaticano II. Y tengo el honor de reiterar ahora, como Obispo ya cercano a terminar mi tarea en esta querida tierra imbabureña, toda la admiración y el reconocimiento al venerable Obispo y Pastor que surgió de este suelo.
La Iglesia no es el Obispo; pero San Pablo dice que el pastor debe ser el modelo de su grey. Monseñor Proaño juzgó que, para eso, primero tenía que hacerse él a imagen de su pueblo, un pueblo en su mayoría de pobres y de campesinos: No bastaba cambiar en el campo la sotana "filetata" por el poncho. Tenía que venir un cambio interior: un hacer el corazón a esa dura realidad y un entender desde adentro sus estructuras. Este sería un cambio que en consecuencia convulsionaría las propias estructuras de la Iglesia y las de aquella sociedad tradicional. Con Juan XXIII nacía el impulso que haría esto posible, el del Concilio; y si el Concilio tuvo tantas repercusiones, fue porque en todas partes el Espíritu Santo soplaba fuertemente, también por los páramos del Chimborazo. Pero surgió entonces inevitable la contradicción.
No se trataba de una lucha entre poderosos: el poder del Obispo contra otros poderes. Se trataba de luchar por la vigencia del Evangelio entre esa gente, en ese tiempo, frente a unas cuestiones que ni el Obispo ni la Iglesia habían planteado, las cuestiones del pueblo mismo y las de aquella hora, que interpelaban al Evangelio y nos ponían de pronto ante el interrogante: ¿podrá seguir siendo buena nueva de Dios lo que se les predica?
Fue la Conferencia de Obispos en Medellín una concretización del Evangelio y del Vaticano II para aquella hora de América Latina. Y su proclama era: amor preferencial por los pobres. Porque entre ellos está actuante Cristo Resucitado; allí desde los pobres se puede construir una nueva comunidad de fe con esperanza para todos. Este fue el secreto de Monseñor: vivir las riquezas de una vida cristiana comunitaria, transformando un medio de pobreza sociológica, con un espíritu auténtico de pobreza evangélica.
Pero siempre con el realismo de la experiencia social y la iluminación de las ciencias sociales. ¿Se estaba por eso asumiendo el análisis marxista de la sociedad? ¡Qué peligroso era el tema! Desde la Iglesia surgía el temor, fundado en muchas malas experiencias, de que se cayera así en la pura horizontalidad del materialismo social 'dialéctico'. Igualmente peligrosa era la reacción de la sociedad civil, del mundo de lo profano: había ataques de una parte y defensas de otra parte que pretendían enredar al Obispo Proaño en los vaivenes de la política: desde dentro se lo empuja hacia afuera, hacia los marxismos y los izquierdismos; y desde afuera se lo quiere atrapar como bandera para ambiciones de poder. Pero pocas figuras se yerguen tan humilde y claramente firmes, en medio de la tribulación, para resistir a estos embates políticos de dentro y de fuera como el Obispo Proaño. Parece que entonces le diría el Señor, como se lo dijo ya al Obispo de Esmirna en el Apocalipsis: "no temas por lo que vas a sufrir; el diablo va a meter a algunos de ustedes en la cárcel para que sean tentados, y sufrirán una tribulación de varios días. Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida"(Apoc 2,10). Y, de hecho, vino la prisión para él y para el grupo de amigos obispos que había invitado de todas partes de América Latina.
Quien ha podido intimar más en el espíritu de Mons. Proaño – y algo me fue permitido hacerlo por entonces – lo encuentra profundamente enraizado en la Palabra de Dios y en la pura tradición de la Doctrina Social de la Iglesia. Desde lejos se pueden conocer hechos y desfigurarlos; pero nunca se puede percibir, sino colocándose muy cerca, ese tono modestamente ponderado, esa bondad generosa incluso cuando hay que defenderse y reclamar, esa fuerte humildad que sabe posponer todo lo propio. ¿No están ya así muy bien identificadas las señales del Espíritu de Dios en el verdadero Pastor? Pero ante todo se vio en él la gran señal: "El Espíritu del Señor sobre mí: A evangelizar a los pobres me ha enviado" (Lc 4,14). Y también: "Donde está el Espíritu, hay libertad" (2Cor 3,17). Por eso, sin grandes proclamas ni estrategias, se abrió paso, en esa pastoral evangelizadora del Obispo Proaño, la auténtica liberación cristiana, la que los documentos oficiales de la Iglesia defienden y promueven.
Así, la ruta de Monseñor hasta su muerte aparece como la de un Pastor fiel bajo el continuo impulso del Espíritu Santo. Enfrentó signos de contradicción. Abrió caminos para discernir y seguir avanzando. Y permanece como luminoso testimonio para quienes, cercanos o lejanos, mantienen vigilantes la esperanza ante el paso de Dios por la historia de nuestros pueblos.